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Fernando Traverso

no hagan bandera

Acción y muestra en el Museo Castagnino, abril y mayo de 2004.


Por Fernando Traverso

Mediodía del sábado 24 de abril de 2004. A dos horas de comenzar la acción que fue programada para las 14 horas en la explanada del Museo Castagnino de Rosario. La propuesta era: “estampar bicicletas”; tomar esas 350 siluetas que desde hace tres años vengo pintando por las paredes de mi ciudad, y transformarlas ahora en “banderas”, estoy buscándole a esas bicis abandonadas por las esquinas, un refugio, un hogar, donde seguramente le darán asilo, cuidaran de ellas y hasta las colocarán en algún lugar de privilegio dentro de la casa. Esos “trapos” que fueron traidos por la gente, guardan alguno de ellos una historia que se asoma detrás de una mancha, de algún remiendo o de una razgadura. Ahora le incorporaremos una marca más, para completar un circulo que contiene lo individual y lo colectivo.

La sala que me brindaron en el Museo para realizar esta “muestra”, estaba vacía, solo en una de sus paredes coloqué en forma perfectamente regular 350 fotos pequeñas, una al lado de la otra formando un rectángulo de 5 metros de largo por 2 metros de alto. Al acercarnos para distinguir lo que contiene esa especie de damero, vemos en detalle que ahí esta el registro de las 350 paredes de Rosario intervenidas, podemos ver en una de las fotografias a la bicicleta numero 001/350 que fue realizada en la madrugada del 24 de marzo de 2001, en la esquina del Pje. Monroe y Ovidio Lagos, hasta la numero 350/350 que realicé el 13 de abril de 2004 en la esquina de Tte Agneta y Mendoza. Hay algunas que son mas emblemáticas que otras, por ejemplo las que responden a la memoria colectiva como las colocadas sobre algún edificio que fue un ex centro clandestino de detención y tortura, o sobre alguna fabrica abandonada y hay otras que solo responden a algún hecho individual, o simplemente sirvieron para guiñarle un ojo a ese amigo en su recorrido diario.

Cuando unos días atrás llegué al Museo con todos los elementos para trabajar, los guardias y el personal administrativo del mismo, no entendían nada, pensaban que me estaba mudando o que me habia equivocado de lugar, veia sus caras sorprendidas cuando vieron que el flete no estaba cargado con “objetos de arte”. La explanada comenzó a poblarse de herramientas de trabajo, como ser un compresor electrico, litros y litros de pintura negra ya diluida para ser utilizada con el soplete, el soporte donde primero colocaria la tela, después la plantilla con la silueta de la bici, metros de cable para traer energia desde el interior, y cientos de utensillos necesarios para que la propuesta no tuviera ningún desacierto y que todo resultara medianamente como lo habia planeado.

La primera bandera, recuerdo fue una sabana blanca de algodón muy pesada, tenia bordado uno de sus lados y la dueña me contó que era de su abuela y que ese bordado estaba hecho a mano, otro trajo un poncho de vicuña que también guardaba una historia, aparecieron también las banderas de clubes de futbol, hubo un par de banderas argentinas (que mas tarde, me contaron, fue colocada en el balcón para una fiesta patria). Un amigo llevó una tela roja y me confesó que la dejaria en el santuario del gauchito Gil a modo de ofrenda (una foto que me envió hace unos días me lo comprobó).

Al día siguiente la tarea fue montar todas esas banderas, el primer día recuerdo fueron alrededor de 50, que empezaron a poblar el espacio, (por suerte era grande), decidí colgarlas por orden de llegada, y eso hizo que la estetica fuera azarosa y que justamente por eso se enriqueciera ya que no podia pasar desapercibido que esa era una obra fresca y que se estaba construyendo y que lo importante de ella no era su belleza (aunque lo fue).

Dentro del recinto tenia una escalera que era con la que realizaba el montaje, esa escalera quedaba ahí como dándonos la señal de que al otro día continuaria el trabajo. Fue maravilloso ver como día a día se iban poblando las paredes, y el temor a no llenar el espacio se convirtió en el temor a la falta de él. Tuve que encimarlas, pero eso después me favoreció, porque la noche del cierre de la muestra, la propuesta era que la gente viniera a llevarse su bandera, y el que estuvieran mezcladas hizo que ellos comenzaran a buscarlas, generando un momento mágico, porque todo se empezó a mover. Las telas estaban enganchadas por un pequeño broche, por eso cuando alguien encontraba su bandera, tiraba un poco de ella y ésta caía en sus manos. Muy lejos de lo que significan por lo general los cierres, éste realmente fue una fiesta.

Me llegó la primera foto

A cada uno de los participantes les entregué una pequeña esquela comentándoles mi inquietud sobre el destino de estas “banderas” que de cierta forma siento mías, por eso les pedí a todos que me enviaran una fotografía de ellas, en el lugar donde estén, para así poder contar algún día quienes les dieron cobijo.
Una tarde tocan el timbre de mi casa , atiendo y es un señor que me extiende un sobre cerrado y me dice -aquí tiene su pedido, le traigo la foto de nuestra bandera- Oscar, es decorador de vidrieras, y esta colocando la bici entre los maniquies y las zapatillas, dándole un aire puro e ingenuo... Ver fotos enviadas


Textos sobre no hagan bandera:

Texto del catálogo

Por Nancy Rojas, 13 de abril de 2004.

Sutil evocación de ausencia
Por Ivana Romero, para El Ciudadano 3 de mayo de 2004.

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