“Voy
por la ciudad rescatando paredes que ocultan viejas historias”
La iniciativa que hoy ha llevado a algunos artistas
a rescatar un territorio público para convertirlo en soporte
de una producción artística conlleva, en sí
misma, una toma de posición ante el arte y un contexto dado.
En Rosario, el desarrollo de la obra de Fernando Traverso es un
claro ejemplo de ello. Mediante sus bicicletas pintadas en las paredes
de la ciudad, recobró la integridad de los circuitos urbanos
y los liberó de su lugar común para, finalmente, imprimirles
otro sentido. Hoy, cada uno de esos muros tiene otro valor, porque
este creador los ha convertido en soporte de una trama de significaciones
hecha de diversos cruces entre pasado y presente. Haciendo frente
a los vaivenes de los tiempos actuales, activó sus derechos
de libertad dejando las marcas de una intensa búsqueda de
lugares propicios para ese objeto de andanzas callejeras. Ahora
todos esos sitios conforman una auténtico espacio del decir.
En este sentido, el autor a pasado a ser otro de los contemporáneos
que, afortunadamente en esta ciudad, apuestan a mantener viva la
convicción que, a través del arte, son posibles otras
vías de manifestación. Pues “... Estuvo trabajando
todo este tiempo para poder ver que un día al despertar,
todas las bicicletas seguían paseando por la ciudad en la
búsqueda de un sueño de justicia”. (Juan Carlos
Romero - 7 de noviembre de 2002)
Pedaleando hacia otras historias
El 24 de marzo de 2001 Fernando Traverso pintaba su primera bicicleta.
Desde ese momento hasta hoy, las bicis pedalean en distintos barrios
de Rosario. Diversas circunstancias conducen a pensar que, probablemente,
Traverso no intuyó todo lo que sucedería luego de
esa experiencia inicial. Pues durante el tramo de tiempo en el que
realizó las 350 bicicletas (aludiendo a los 350 desaparecidos
durante la última dictadura militar), una serie de hechos,
relatos, supuestos, pensamientos y actitudes edificaron una historia
singular, que ha dejado señales varias para su reconstrucción.
Las preguntas, el asombro, el interés, e inclusive, la necesidad
de “borrar el dibujo de aquella esquina” son algunas
de las reacciones de los transeúntes que forman parte de
este relato. Asimismo, los sucesos ligados al contexto que acompañaron
a cada una de estas realizaciones. Sucesos propios de una ciudad
atravesada por los cambios que afectan comúnmente a las sociedades
actuales.
Por ende, a medida que pasó el tiempo, “...puede no
haber banderas” se convirtió también en esos
hechos y actitudes. Pese a tener su punto de partida en la alusión
al pasado, pudo incluir al presente como parte del proceso. De hecho,
la obra fue creciendo: empezaron a aparecer otras voces, pertenecientes
a quienes necesitaron pintar leyendas, slogans y dibujos sobre ese
muro, el elegido para posar la bici.
“(...)La gente escribe la leyenda: “Pocho
vive”, sobre mis bicicletas ya pintadas (sobretodo aquellas
por donde pasaba el Pocho en su trayecto diario)”
Pero la esencia de esta producción no desapareció,
por el contrario, quedó fortalecida por esos vínculos.
Los mismos la convirtieron en un espacio de lo posible e hicieron
de ella un hito social e histórico en Rosario. Esto explica
que hoy en día, la bicicleta sea un símbolo del cual
mucho se han apropiado y que con su carga, pueda liberar a las paredes
del olvido machacando sobre la conciencia del transeúnte
urbano.
Por otra parte, más allá de esas apropiaciones, cada
bici pintada siguió siendo la insignia de ese gesto de intervenir
el cuerpo del espacio urbano. Gesto que llevó a cabo con
procedimientos híbridos, en donde el graffiti y el grabado
confluyeron en “otra” pintura. Así las bicis
pintadas pasaron a ser las huellas de una escritura que, continuamente,
está interpelando como interpretante de un pasado que retorna
sin ingenuidad.
¿Quién pintó esa bici?
“...Pueden no haber banderas” también pasó
a ser esta pregunta, que se sumó a las diversas interpretaciones
que fueron emergiendo sobre la marcha.
Esa misma duda permite hallar algunos indicadores de la posición
del artista ante el arte.
En un momento en el que se han desdibujado los límites de
las manifestaciones artísticas, Traverso se remonta a aquellas
discusiones que ya tiene un largo recorrido en los debates pertinentes
al campo artístico. Considerando el estado actual de las
artes en el contexto rosarino, vuelve a desplazar los límites
de las concepciones tradicionales de arte, obra y artista, tanto
desde el punto de vista del lenguaje, como también del conceptual
y social. Esos desplazamientos, originados por la misma cualidad
procesual de su obra, permite que su producción dialogue
desde dentro y desde afuera de la institución arte. Esto
explica que la bici pueda estar en la calle o en un museo, en una
esquina o en un galpón, en una pared blanca o en una pared
dibujada; precisamente porque el punto de vista de su realizador
consigna la posibilidad de la producción artística
fuera de cualquier recinto, más allá de los límites
específicos del lugar.
Por la misma razón, hoy es posible que cada persona se lleve
una bandera con la bici pintada. Entonces, ya no son las superficies
de esos muros, sino que también un pedazo de tela buscado
por esa persona de todos los días, se convertirá en
espacio de hábitat de la utopía.
“No hagan bandera”
La utopía ha sido una de las constantes que ha acompañado
a esa intención de abolir el olvido, dejando latente el intersticio
de una memoria frágil de sí misma. Pues se trata de
una memoria que no tiende a refractar el pasado, sino a abrir la
conciencia a un replanteo de la memoria, de las situaciones actuales,
de las tomas de posición en el presente. En este sentido,
la lucha de Traverso es una lucha simbólica y real, y es
una lucha que crea identidad, pues nos devuelve un pedazo de historia
en el mismo momento en que nos recuerda que volver al pasado no
siempre es doloroso.
Ese dejo de nostalgia que subyace en la acción de pintar
las bicis, y que aún pervive cuando la acción desata
el encuentro con nosotros, renuevan ese afán de resistencia
y ese ímpetu de reconstrucción. Cada acto es como
una caída a vuelo libre que señala que todo lo que
se ve a nuestro alrededor no es tierra sucia, sino también
cielo y libertad; que todos los muros pueden ser un territorio de
avanzada.
Hoy Fernando Traverso renueva esta posibilidad en el Museo Castagnino
diciendo: “no hagan bandera”.
Nancy
Rojas
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