Puede
no haber banderas
Para escribir esto, hace falta un verbo con dos tiempos
a la vez. Y que signifique más de una cosa a la vez. Por
ejemplo, un verbo sencillo que abarque ruptura y continuidad en
una misma acción.
Mientras lo escribo; me doy cuenta que es también indispensable
un pronombre que afirme la potencia del yo con toda la individualidad
de las demás personas. ¿Cómo explicarlo? Algo
que supere el nosotros mesiánico del realismo socialista,
al falso respeto feudal del vosotros, a la hipocresía de
lo políticamente correcto de ellos y al capitalismo depredador
del yo.
Hace más de un año en las paredes rosarinas “apareció”
una bicicleta.
Una instancia franca, un asombro cotidiano que no deja de sorprendernos.
Una bicicleta como brisa, que va de tapial en tapial sin dejar de
estar inmóvil. Infinita y singular a la vez. Pedalea entre
basurales y flores, está en Ludueña y en Fisherton,
en Echesortu y en la República de la Sexta, en Alberdi y
en el Saladillo, en el centro y en Empalme.
Ubicuas bicicletas de ninguna parte. El tiempo, los sentimientos
y las cosas son la misma esencia.
Aparecieron y ya estaban. Dicen que nadie las gestó, que
es una sola y que vuela de calle en calle buscando con desesperación
a “los muertos queridos”.
Daniel dice que justo sobre la línea de edificación
se abrió un lugar indeterminado entre lo corpóreo
y lo intangible.
Sin darnos cuenta, verificamos que hemos aceptado la sugerencia
del uruguayo Lautremont cuando dijo que “la bicicleta”
debe ser hecha por todos.
Fernando Traverso las fue pintando como tirando piedras en un charco.
Se fueron repitiendo y fueron de todos. Como esas canciones que
todos sabemos cantar.
Y puede no haber banderas cuando la imagen es el sudario de los
dos bordes del exilio.
Exterior o interior, de la pesadilla o de la ilusión.
El recuerdo puede ser olvido.
Al olvidar miedos, silencios, cárceles, torturas, desapariciones
y muertes, podemos recordar dignidades, sueños y todas las
posibilidades de la vida.
Así, Sergio se emociona al ver la bicicleta de Chiquitín
apoyada en aquella pared. Desde el colectivo le parece ver la bici
de Alberto contra el muro de la fábrica abandonada, y se
da cuenta que no, era la de Analía.
Por travesura de la impaciencia por llegar a un mundo mejor y diferente,
“los compañeros se andan dejando las bicicletas olvidadas
por ahí”.
Así, el Pocho Lepratti vive en bicicleta por la calle Lepratti.
Y todo la realidad rosarina es “el museo” donde Fernando
Traverso interviene con su obra, dejándonos un mensaje que
nos hacen “pensar que tanto amor puede vencer la muerte”.
El barrio cotidiano es el “templo” del vivir.
Parafraseando a Lao Tsé podemos decir que treinta mil desaparecidos
se juntan en la misma ausencia, pero es lo no existente en ella
lo que realiza la fidelidad a la vida.
Fueron trescientos cincuenta los compañeros desaparecidos
en Rosario por los asesinos de la última dictadura. Veintinueve
eran compañeros de Fernando.
En nuestro presente; lo desaparecido aparece.
Las bicicletas hacían falta.
Ya no podremos imaginar las paredes rosarinas sin ellas.
Hugo
Ojeda
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