...puede no haber banderas, intervención urbana
 
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Por Hugo Alberto Ojeda
Diario Rosario/12.
20 de noviembre de 2002.
Puede no haber banderas

Para escribir esto, hace falta un verbo con dos tiempos a la vez. Y que signifique más de una cosa a la vez. Por ejemplo, un verbo sencillo que abarque ruptura y continuidad en una misma acción.

Mientras lo escribo; me doy cuenta que es también indispensable un pronombre que afirme la potencia del yo con toda la individualidad de las demás personas. ¿Cómo explicarlo? Algo que supere el nosotros mesiánico del realismo socialista, al falso respeto feudal del vosotros, a la hipocresía de lo políticamente correcto de ellos y al capitalismo depredador del yo.

Hace más de un año en las paredes rosarinas “apareció” una bicicleta.

Una instancia franca, un asombro cotidiano que no deja de sorprendernos.

Una bicicleta como brisa, que va de tapial en tapial sin dejar de estar inmóvil. Infinita y singular a la vez. Pedalea entre basurales y flores, está en Ludueña y en Fisherton, en Echesortu y en la República de la Sexta, en Alberdi y en el Saladillo, en el centro y en Empalme.

Ubicuas bicicletas de ninguna parte. El tiempo, los sentimientos y las cosas son la misma esencia.
Aparecieron y ya estaban. Dicen que nadie las gestó, que es una sola y que vuela de calle en calle buscando con desesperación a “los muertos queridos”.

Daniel dice que justo sobre la línea de edificación se abrió un lugar indeterminado entre lo corpóreo y lo intangible.

Sin darnos cuenta, verificamos que hemos aceptado la sugerencia del uruguayo Lautremont cuando dijo que “la bicicleta” debe ser hecha por todos.

Fernando Traverso las fue pintando como tirando piedras en un charco. Se fueron repitiendo y fueron de todos. Como esas canciones que todos sabemos cantar.

Y puede no haber banderas cuando la imagen es el sudario de los dos bordes del exilio.

Exterior o interior, de la pesadilla o de la ilusión.

El recuerdo puede ser olvido.

Al olvidar miedos, silencios, cárceles, torturas, desapariciones y muertes, podemos recordar dignidades, sueños y todas las posibilidades de la vida.

Así, Sergio se emociona al ver la bicicleta de Chiquitín apoyada en aquella pared. Desde el colectivo le parece ver la bici de Alberto contra el muro de la fábrica abandonada, y se da cuenta que no, era la de Analía.

Por travesura de la impaciencia por llegar a un mundo mejor y diferente, “los compañeros se andan dejando las bicicletas olvidadas por ahí”.

Así, el Pocho Lepratti vive en bicicleta por la calle Lepratti.

Y todo la realidad rosarina es “el museo” donde Fernando Traverso interviene con su obra, dejándonos un mensaje que nos hacen “pensar que tanto amor puede vencer la muerte”.
El barrio cotidiano es el “templo” del vivir.

Parafraseando a Lao Tsé podemos decir que treinta mil desaparecidos se juntan en la misma ausencia, pero es lo no existente en ella lo que realiza la fidelidad a la vida.

Fueron trescientos cincuenta los compañeros desaparecidos en Rosario por los asesinos de la última dictadura. Veintinueve eran compañeros de Fernando.

En nuestro presente; lo desaparecido aparece.

Las bicicletas hacían falta.

Ya no podremos imaginar las paredes rosarinas sin ellas.

Hugo Ojeda

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